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Familias problema ¿de dónde provienen? ¿qué es la causa?

(segunda de dos partes)

Origen de las familias disfuncionales

Cuando una persona busca elegir a su pareja es más inconsciente que consciente, aunque nos parezca lo contrario. En lo subconsciente se dan señales que nos advierten que la elección se haga en el mismo sentido de poder resolver las necesidades afectivas y emocionales que están pendientes de satisfacer, es decir, si estamos incompletos es necesario complementar con lo que elegimos con tal fin. Aquí es cuando aparece el problema: porque si la intención es la de recibir de la pareja lo que necesita es egoísmo porque sólo está para demandar, en el mejor de los casos, es para establecer una relación de dar y recibir que es condicionada. Estos vínculos empobrecen a las personas provocando una dinámica decepcionante.

 

 

Las dos formas de relacionarse constituyen así una falsificación de un amor verdadero. Por supuesto que los dos necesitan algo del otro, pero él (o ella) no es su complemento ni único proveedor, la solución está y surge dentro de sí mismo cuando uno se integra como persona interdependiente.

Cuando no se dan estas condiciones surge el afán de controlar al otro como si fuera de su propiedad, siendo éste un defecto muy conocido, basado en la inseguridad, baja autoestima y desconfianza. Los límites se confunden haciendo perpetuar los ciclos disfuncionales con la clásica lucha de poder y la razón, elevando el nivel de neurosis.

Las necesidades insatisfechas de los padres son transmitidas a sus hijos a través del maltrato y los abusos, volcando hacia ellos la poca tolerancia a la frustración, dando origen a las deficiencias psicológicas que afectarán su personalidad y productividad. Sin darse cuenta, los están rechazando y abandonando por estar permaneciendo en ciclos enfermizos.

Probablemente se piense que se exagera al decir esto porque en la vida diaria somos papás para cuidarlos, protegerlos, darles seguridad, paz y tranquilidad, es cierto, éstos son nuestros deseos e intenciones. Lo paradójico es que nos ocasionaron en nuestra crianza y cuando somos adultos actuamos de la misma forma que lo hicieron nuestros padres. Nuestra intención no es dañar a nuestros hijos igual que fuimos dañados, inconscientemente corregimos para que aprendan bien lo que  les inculcamos en la crianza, pero ahí entran las emociones parentales y los procedimientos aprendidos por imitación e identificación que no podemos controlar (ni nos damos cuenta), sólo sentimos o intuimos que algo no anda bien.

Soluciones

¿Cómo salir de esta cadena de acontecimientos transgeneracionales?

Cuando llegan los hijos a nuestra vida en la convivencia diaria es cuando comenzamos a tener consciencia de lo vulnerables que hemos sido desde la infancia, de lo que sufrimos y padecemos a consecuencia de los errores paternos. Si queremos saber cuidar de ellos mejor que lo hicieron con nosotros, no debemos volvernos obsesivos y perfeccionistas negando nuestras propias fallas, ni echarle la culpa a nadie. No estamos para luchar recuperando el poder y la dignidad perdida en la infancia con actitudes idealistas en contra de las realistas tradicionales.

Para disolver los traumas de la infancia y reforzar la autoestima es muy importante hacer una introspección y reflexión habitual para discernir e identificar nuestros defectos y virtudes, ampliando las habilidades positivas para eliminar las heridas que aún no han sanado. Este proceso depurativo es tardado pero seguro, si no es posible hacerlo solo es conveniente pedir ayuda profesional para permitirse un cierre de ciclos disfuncionales con más efectividad.

La autora es licenciada en Educación con maestría.