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La otra mitad : Una perspectiva del lado masculino

Nada es para siempre

Hace poco más de cuatro años y medio me despertaba por la mañana reflexionando sobre mi matrimonio, me decía a mi mismo que era un hombre afortunado porque tenía una esposa a la que quería mucho y que recordaré a cada instante, así será mientras Dios me preste vida. No obstante, la experiencia de vida que hoy les comparto, sigo siendo afortunado, tengo dos hijos que representan mi razón para continuar luchando.

En ese entonces, descansaba sobre mis hombros la honrosa cantidad de 47 años de edad, de situación económica estable, había iniciado formalmente prácticas de ley para acceder al servicio del Notariado Público en esta entidad y a la vez, la oportunidad de trabajar en una Notaría cuyo titular es un gran amigo a quien aprecio mucho; en fin, palabras más, palabras menos, después de años de trabajo y sacrificios al fin tenía un futuro prometedor para disfrutar y compartir con mi familia.

 

 

El lunes 7 de mayo de 2007, por la tarde, mi esposa sorpresivamente entró en coma como consecuencia de un aneurisma cerebral (derrame), el domingo 13 falleció a la edad de 46 años. Por esas fechas, específicamente el 4 de mayo, mi hija Ana Karina cumplió sus 15 años, tuvo la dicha de contar con su mamá en ese momento tan especial en toda mujercita y mi hijo Osvaldo Roberto contaba apenas con 13 años.

Así, en un instante, la vida nos cambió para siempre y siguió cambiando rápidamente; el 23 del mismo mes, recibí por la mañana la llamada de una de mis hermanas para darme la noticia que nuestro padre había muerto; pienso que la causa fue la tristeza, mis padres querían a mi esposa como a una hija y mis hermanos como a su hermana. A los diez días de tal acontecimiento, consecuencia de unas copitas de vino tinto de más en mi haber, con pena lo confieso, resbalé de la escalera de mi casa, al abrir mis ojos, todo bañado en sangre, vi a mi hija diciéndome: “no te mueras tú también papá”; terminé en el hospital donde me dieron ocho puntadas en una herida en la frente, para colmo, me fracturé el brazo izquierdo, así que, como si nos hiciera falta, quedé incapacitado por dos meses aproximadamente. Para concluir este capítulo les he de decir, que desafortunadamente, como a muchas familias, la violencia en nuestra ciudad nos alcanzó también y el 13 de septiembre del mismo año secuestraron a mi cuñado, esposo de una de mis hermanas, nunca lo volvimos a ver.

Hoy en día mis hijos y yo continuamos esmerándonos en seguir viviendo en armonía, aunque en ocasiones no ha sido fácil; así como también he cometido errores de los cuales no me siento orgulloso; me doy cuenta que la calidad de vida que tuvimos juntos en nuestro hogar ha sido fundamental para enfrentar positivamente esta difícil prueba; la vida y felicidad de mi esposa (como consecuencia, la todos) se centraba en su esposo, sus hijos, su casa, su cocina y sus más de ciento cincuenta macetas que tenía y que cultivaba en ellas diversos tipos de flores; continuamente cocinábamos los cuatro juntos, todos ayudábamos en casa.

Siempre digo a mis amigos cuando me refiero a mi esposa, que de los millones de mujeres buenas que hay en el mundo Dios me dio la fortuna de disfrutar a una de ellas. Con mucha facilidad supo ser hija, hermana, amiga, esposa y madre ejemplar.

Me doy cuenta con claridad (en una percepción muy personal) que en un matrimonio, hablando de partes, la mitad más importante es la de la esposa; la otra, la representa el esposo, sin dejar de ser bello, es un complemento amoroso para nuestros hijos; sin embargo, la madre lo es casi todo para ellos.

Ejercer la dualidad de padre y madre no es fácil, miles de mujeres viudas y madres solteras lo saben mejor que yo. Reconozco que haber aprendido desde niño a lavar, cocer, planchar, cocinar, así como realizar quehaceres de casa, además de los propios del hombre en el hogar, han hecho menos difícil esta nueva etapa de nuestras vidas. Una amiga muy querida me dice, no sin razón, quizá, que me vendo y me vendo muy bien. La misión que aún tengo por realizar es la de continuar haciendo de mis hijos personas de bien y buenos ciudadanos; la mía, rehacer mi vida.


DIF Noticias

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