Insisto, el hogar es el lugar idóneo donde sembrar y cultivar en cada individuo las cualidades necesarias que le permitirán madurar como miembro valioso de la sociedad a la que pertenece. Toda sociedad, por pequeña que sea, está formada por un grupo de personas que buscan el mayor bien común. Por necesidad, se asignan tareas y responsabilidades, se otorgan derechos y privilegios, y se ofrecen apoyo, dirección y protección. Una sociedad que no asume la responsabilidad de su propio destino, está condenada a desaparecer. Por eso se organiza, por eso promueve el trabajo en equipo, el orden y la disciplina, la camaradería y la buena voluntad entre sus miembros. Verdaderamente no existe otra manera de sobrevivir.
Pero, una sociedad como ente colectivo no tiene poder para cambiar su fisonomía. No puede asumir responsabilidades ni actuar. Es cada uno de sus miembros quien genera los cambios, quien actúa, quien ejecuta y finalmente quien sufre o goza las consecuencias de acciones, comportamiento y desempeño propios y de otros.
Una sociedad, siendo un sistema de interdependencia, descansa exclusivamente en la participación de cada uno de sus miembros. Todos son importantes para asegurar la supervivencia y la comodidad colectiva e individual. Unos instruyen a los jóvenes, otros administran los bienes, otros atienden a los enfermos, otros confeccionan ropa, otros cultivan, otros construyen puentes, otros recogen la basura, otros reparan lavadoras, otros producen videos. Bueno…hay tantas ocupaciones como necesidades, comodidades y gustos haya por satisfacer y en nuestra sociedad moderna existen muchos. O lo que es lo mismo, hoy en día, cada uno de nosotros depende, más que nunca, de mucha gente para sobrevivir.
Para que una sociedad funcione con eficacia y realice sus propósitos, necesita que entre sus miembros existan buenas relaciones. La amabilidad, desde esta perspectiva, se convierte en una de las más valiosas cualidades por fomentar y el hogar es el lugar más propicio para hacerlo, pues es conveniente que se enseñe y se practique constantemente desde la más temprana edad (aunque nunca es tarde para empezar).
Tal vez algún día logremos reconocer que todo individuo tiene valor, apreciar que el trabajo de cada uno es importante y entender lo que significa igualdad. Pero mientras tanto, aprendamos a tratar a todos con amabilidad porque todos somos parte de una misma comunidad y nos necesitamos unos a otros. Esforcémonos por acostumbrar a nuestros niños y a nuestros jóvenes a decir siempre, “por favor”, “gracias”, “buenos días”, con naturalidad, sin hosquedad, procurando ver a los ojos y mencionando, si es posible, el nombre de la persona (“por favor, Pedro”…“gracias, mamá”…“buenos días, oficial”).
Es importante que los niños aprendan a ser caballeros y las niñas a ser damas, pero no en el sentido cursi y pasado de moda que puede hacer a los jóvenes de hoy sentirse incómodos. Hablo de detalles como abrir una puerta, saludar a la mamá del amigo, cooperar en casa y aprender a hablar de usted cuando es indicado.
Enseñémosles también, con el ejemplo, a que no es necesario gritar, ni insultar, ni chantajear, ni amenazar, para solicitar o inclusive para reclamar lo que nos es debido o lo que deseamos o para ofrecer una sugerencia o expresar una opinión. Les aseguro que estos pequeños detalles harán una gran diferencia. Habrá mayor concordia y mejor disposición para cooperar y tendremos una mejor sociedad.
Tal vez algún día logremos reconocer que todo individuo tiene valor, apreciar que el trabajo de cada uno es importante y entender lo que significa igualdad. Pero mientras tanto, aprendamos a tratar a todos con amabilidad.